martes, 28 de septiembre de 2010

Behind my eyes ~



No one knows what it's like
to be the bad man
to be the sad man
behind brown eyes. ~


lunes, 27 de septiembre de 2010

Aunque no lo creas;
aunque nadie lo crea;
y aunque a veces, por miedo,
yo no quiera creerlo;
a mí también me gustaría.

Me gustaría
hacerla corta.
Que todo fuera más fácil.
Mucho más fácil.

Y que tu corazón que late fuerte
no lata más por mí,
si yo ya no lato con él.

Y que tu corazón que late fuerte
lo acepte,
que lo aprenda,
o que alguien se lo enseñe:
que puede latir por alguien más;
y que puede latir más fuerte todavía.

Y me gustaría que no me pidas que te odie.
Latimos mucho tiempo juntos.
A destiempo, pero juntos.
Y aunque ya no puedo quererte,
tampoco puedo odiarte.
Y no podés esperar que lo haga.

lunes, 16 de agosto de 2010

From this day forward

Una esperanza de vida de 75 años.
Incontables situaciones y combinaciones imposibles de repetir.
Cientos, quizás miles de personas cruzadas en tu vida. En el jardín, en la casa, en la escuela, en la facultad, en el trabajo, en la calle, en un boliche, en un restaurante, en un hospital, en cualquier lado.
75 años. 27.393 días, contando años biciestos. 657.432 horas. 39.445.920 minutos. Infinidad de momentos.

Y aprendemos a hablar, a caminar, a diferenciar a nuestra mamá, a ir al baño solos; las cosas más básicas y esenciales, en los primeros tres años.

Y a pesar de las miles de experiencias que puedas tener, de cómo se forme tu personalidad en tu adolescencia, de cómo te cambien las cosas que te sucedan cuando seas adulto, a pesar de todo, lo que pasa cuando sos chico queda para toda la vida. Y pesa toda la vida.
Pero a veces es cuestión, nada más, de saber vivir con eso. Transformar esa carga, de a poco, en aire. O en nada.
Sabés que se puede seguir adelante, que siempre se puede seguir adelante, y que, quieras o no, siempre vas a seguir adelante. Porque seguiste adelante, solo, con tres años, con cinco, con trece y con los que sea.

Y porque, si ves mejor, no estás solo. Y nunca estuviste solo. Quizás las circunstancias te hicieron enfrentarte a cosas difíciles, muy difíciles, sin estar preparado. Y no supiste pedir ayuda. Pero no es tu culpa, ni tampoco es culpa de los que no ayudaron. No podías darte cuenta. No podían darse cuenta. Y sin embargo estuvieron, y sin embargo están, y sin embargo, hagas lo que hagas, siempre van a estar. Aunque creas que estás solo, sabés, en el fondo, que no es así.

Y la sensación que da saber eso siempre ayuda a seguir, y a sonreír :).
A veces existen incontables personas que harían lo que fuera para que yo sea feliz.
Y a veces estoy solo. Como antes, y como muchas veces en el futuro.
Uno puede tener muchos amigos, amigos de los de verdad, una familia única, estar rodeado de mucha gente que no lo dejaría caer. Pero las verdaderas batallas, y la verdadera guerra, están adentro. Y es uno contra uno mismo. Puede haber una, dos, diez, veinte personas alrededor, pero al final, siempre vas a estar solo, solo contra vos mismo. Y a menos que de verdad quieras ganar, no lo vas a hacer.


Vale aclarar, igual, que es mucho más fácil luchar sabiendo que si caes, siempre hay alguien dispuesto a levantarte. A todas esas personas, gracias, por hacer lo mejor que pueden. Yo también lo estoy haciendo.

jueves, 22 de julio de 2010

Una clase de Medicina



Rubén Omar Sosa escuchó la lección de Maximiliana en un curso de terapia intensiva, en Buenos Aires. Fue lo más importante de todo lo que aprendió en sus años de estudiante.
Un profesor contó el caso. Doña Maximiliana, muy cascada por los trajines de una larga vida sin domingos, llevaba unos cuantos días internada en el hospital, y cada día pedía lo mismo:
-Por favor, doctor, ¿podría tomarme el pulso?
Una suave presión de los dedos en la muñeca, y él decía:
-Muy bien. Setenta y ocho. Perfecto.
-Sí, doctor, gracias. Ahora, por favor, ¿me toma el pulso?
Y él volvía a tomarlo, y volvía a explicarle que estaba todo bien, que mejor imposible.
Día tras día, se repetía la escena. Cada vez que él pasaba por la cama de doña Maximiliana, esa voz, ese ronquido, lo llamaba, y le ofrecía ese brazo, esa ramita, una vez y otra vez, y otra.
Él obedecía, porque un buen médico debe ser paciente con sus pacientes, pero pensaba: Esta vieja es un plomo. Y pensaba: Le falta un tornillo.
Años demoró en darse cuenta de que ella estaba pidiendo que alguien la tocara.


Eduardo Galeano

lunes, 19 de julio de 2010

Puntos de vista

En algún lugar del tiempo, más allá del tiempo, el mundo era gris. Gracias a los indios ishir, que robaron los colores a los dioses, ahora el mundo resplandece, y los colores del mundo arden en los ojos que los miran.
Ticio Escobar acompañó a un equipo de la televisión, que viajó al Chaco, desde muy lejos, para filmar escenas de la vida cotidiana de los ishir.
Una niña indígena perseguía al director del equipo, silenciosa sombra pegada a su cuerpo, y lo miraba fijo a la cara, de muy cerca, como queriendo meterse en sus raros ojos azules.
El director recurrió a los buenos oficios de Ticio, que conocía a la niña y entendía su lengua. Ella confesó:
- Yo quiero saber de qué color ve usted las cosas.
- Del mismo que tú - sonrió el director.
- ¿Y cómo sabe usted de qué color veo yo las cosas?



Eduardo Galeano

jueves, 1 de julio de 2010

L'amour, pas vraiment!




Me siento vulnerable. Totalmente vulnerable. Es la única razón para que no termine nunca de demostrar nada: no te busco, no te digo cosas lindas (o no todas las que quisiera), no te demuestro los enojos (¡y la verdad que los hay!), no te dejo ver mis celos (y, ¡DIOS!, de esos sí que hay). Y todo es por eso sólo: me siento vulnerable; me tenés a tus pies.
Y si hoy veo a ese chico por el que me desviví tanto tiempo, no me causa nada más que el cariño que sentiría por un amigo... No puedo, ¡no quiero pensar en nadie que no seas vos!
Y me siento vulnerable, y eso me da miedo. Miedo porque no sé si me estaré dejando llevar... y no quiero lastimarte. No, a vos no, nunca. Y miedo porque no sé si me estaré dejando llevar... y voy a terminar sufriendo.
¡Es tan raro! Me gusta, me encanta todo lo que me hacés sentir, pero me llena de miedo. Porque soy vulnerable, como hace tiempo no era, y tengo miedo de que te des cuenta...



Me siento totalmente vulnerable. Y me muero de miedo.
Supongo que así es el amor.